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Calpurnia Tate

 

Vi unas cuantas huellas huidizas que habían dejado los pájaros y otras criaturas pequeñas, sin duda tan confundidas como yo ante ese universo blanco y silente. Y cómo no iban a estarlo, si la última nevada había sido décadas atrás. Teniendo en cuenta que un pinzón sólo vivía dos años,

Los pies se me estaban convirtiendo en bloques de hielo y me di cuenta de que estaba agotada. Di media vuelta y regresé. Era la primera mañana del primer día del nuevo siglo y la nieve cubría el suelo. Cualquier cosa era posible.

La casa empezaba a mostrar sus signos habituales de vida matutina. Vi que mi abuelo me observaba desde su ventana de arriba; alzó una mano y me saludó, y yo le devolví el saludo.

Nos quedamos así un instante y luego corrí hacia el calor de nuestro hogar.

Jacqueline Kelly (La evolución de Calpurnia Tate)

Esa noche

Esa noche Coraline se tumbó en la cama después de bañarse y cepillarse los dientes, y se puso a mirar el techo con los ojos muy abiertos.

Hacía bastante calor, y como la mano se había ido, abrió de par en par la ventana de su habitación. Le había pedido a su padre que no echase del todo las cortinas.

Su nuevo uniforme escolar estaba cuidadosamente colocado sobre la silla para que se lo pusiera al levantarse.

Por lo general, en la noche previa al primer día del curso Coraline se sentía inquieta y nerviosa. Pero entonces comprendió que nunca volvería a darle miedo nada relacionado con el colegio.

Le pareció que el aire de la noche le llevaba una música celestial: el tipo de música que sólo se interpreta con diminutos trombones, trompetas y fagots de plata, con flautines y tubas tan pequeños y frágiles que sus botones sólo los pueden tocar los rosados deditos de los ratones blancos.

Coraline se imaginó que regresaba al sueño en que jugaba con las dos niñas y el niño, y sonrió.

Cuando asomaron las primeras estrellas, Coraline se durmió definitivamente mientras la suave música del circo de ratones invadía el aire cálido del anochecer, anunciándole al mundo que el verano casi había terminado.

 

Neil Gaiman (Coraline)

Si el abuelo se vuelve gato

Aprovechamos las enseñanzas de Rodari para también proponer una consigna para trabajar el final de las historias.

 

En muchas ocasiones, he propuesto, a diferentes grupos de niños, en las localidades más diversas de Italia y del extranjero, la historia incompleta de un viejo jubilado que, sintiéndose inútil en casa, donde todos, grandes y pequeños, le ignoran sin hacerle ningún caso, decide irse a vivir con los gatos. Dicho y hecho: se va a la Plaza de la Argentina (la historia sucede en Roma), pasa por debajo de la barra de hierro que separa la calle de la zona arqueológica, reino de los gatos abandonados, y ya lo tenemos transformado en un gran gato gris. Al final de una larga serie de aventuras, regresa a su casa. Eso sí, siempre transformado en gato, que es aceptado y hasta mimado por sus antiguos familiares. Para él será la mejor poltrona, todas las caricias, la buena leche y la mejor carne. Como abuelo no era nadie: como gato es el centro de la casa…

Al llegar aquí, pregunto a los niños: —¿Queréis que el abuelo se quede para siempre convertido en gato o preferís que vuelva a ser el abuelo de antes?

El noventa y nueve por ciento de los niños prefiere que el gato vuelva a ser el abuelo. Bien por razones de justicia y de afecto; bien para librarse, tal vez, de un inconfesable y escondido sentido de culpa. Quieren que el abuelo regrese, que recupere sus prerrogativas humanas, que sea resarcido. Es la regla.

Hasta el momento, sólo se me han presentado dos excepciones. Una vez, un niño insinuó que el abuelo haría mejor en continuar siendo un gato para siempre, para «castigar» a aquellos que lo habían tratado mal cuando era el abuelo. En otra ocasión, una niñita de cinco años me dijo, en tono pesimista: «Debería continuar siendo un gato, de lo contrario volverán a tratarlo tan mal como antes y volverá a tener el mismo problema.»

Queda claro que en ambas excepciones se ve una corriente de simpatía hacia el abuelo.

—Entonces… —pregunto a los niños—, ¿cómo se las arreglará el gato para volver a transformarse en abuelo?

Los niños, independientemente de la latitud y de la altitud sobre el nivel del mar, coinciden en responder: «Debe volver a pasar bajo la barra de hierro, pero en el otro sentido.»

La barra de hierro: ése es el instrumento mágico de la metamorfosis. Cuando expliqué la historia por primera vez aún no me había dado cuenta. Fueron los niños que me lo revelaron y me enseñaron la regla: «Quien pasa bajo la barra en un sentido se vuelve gato, quien pasa en el otro sentido se vuelve persona.»

Gianni Rodari

 

  

 

El ejercicio de hoy es, por lo tanto, sencillo. Entre todos, crearemos una historia disparatada (y divertida), y luego cada uno de ellos escribirá el final que se le ocurra.

El final

Algunos autores conocen las últimas escenas de su historia desde el momento en que escriben las primeras líneas, mientras que otros las descubren justo cuando llegan a ellas. Sea como sea, debes asegurarte de que tu narración llega a un clímax.

En un relato de detectives, este puede ser el momento en que desenmascaran al asesino; en fantasía, el enfrentamiento final entre el héroe y su némesis. Es el momento de mayor tensión hacia elque la historia se ha ido encaminando.

Tras el clímax llega el desenlace, donde atas todos los cabos sueltos y muestras cómo lo sucedido ha cambiado a tu protagonista. No tiene por qué ser un final feliz, pero debes dejar a tus lectores satisfechos en el momento en que lean la última línea.

Christopher Edge

 

 

Siempre escribo mis últimas líneas, mi último párrafo, mi última página, y después vuelvo atrás y trabajo hacia el final. Así sé dónde voy y cuál es mi meta.

Katherine Anne Porter

 

 

Todas las historias se construyen para acabar en un clímax, el punto de la narración donde la acción llega a la cima…, desde una confrontación final con el mortal enemigo a superar los peores miedos. Los protagonistas solo pueden alcanzar su meta final si vencen el reto con que se enfrentan en el clímax.

Antes de que el lector acabe la lectura, el autor le debe dar la sensación de que ha llegado al final. La resolución se encuentra en las últimas escenas, donde se atan todos los cabos sueltos y los personajes muestran cómo lo acontecido en la historia los ha cambiado. Es la calma tras la tormenta del clímax.

Christopher Edge

 

 

 

Es muy importante cómo dejes al lector… No el clímax, sino lo que llamo “la sensación de salida”

Patrick Ness

 

 

 

Esa noche Coraline se tumbó en la cama después de bañarse y cepillarse los dientes, y se puso a mirar el techo con los ojos muy abiertos.

Hacía bastante calor, y como la mano se había ido, abrió de par en par la ventana de su habitación. Le había pedido a su padre que no echase del todo las cortinas.

Su nuevo uniforme escolar estaba cuidadosamente colocado sobre la silla para que se lo pusiera al levantarse.

Por lo general, en la noche previa al primer día del curso Coraline se sentía inquieta y nerviosa. Pero entonces comprendió que nunca volvería a darle miedo nada relacionado con el colegio.

Le pareció que el aire de la noche le llevaba una música celestial: el tipo de música que sólo se interpreta con diminutos trombones, trompetas y fagots de plata, con flautines y tubas tan pequeños y frágiles que sus botones sólo los pueden tocar los rosados deditos de los ratones blancos.

Coraline se imaginó que regresaba al sueño en que jugaba con las dos niñas y el niño, y sonrió.

Cuando asomaron las primeras estrellas, Coraline se durmió definitivamente mientras la suave música del circo de ratones invadía el aire cálido del anochecer, anunciándole al mundo que el verano casi había terminado.

Neil Gaiman

Coraline